Desde 1810,
el “librecambio” impuesto por los intereses porteños había perjudicado la
actividad vitivinícola cuyana al abrir a la competencia extranjera el principal
mercado de los vinos mendocinos y los aguardientes sanjuaninos. Para compensar
esa pérdida, el tradicional mercado chileno, abierto al ingreso de ganado en
pie, harinas y frutas secas, entre otros productos, había cobrado nuevo
impulso. Buena parte de los recursos fiscales de Cuyo provenían ahora del comercio
trasandino. Pero con la caída de Chile en manos del enemigo, también esa fuente
de ingresos se cerró, y San Martín se vio obligado a adoptar una “economía de
guerra”, para obtener recursos de donde pudiera y reducir los gastos al
mínimo indispensable.
Para
llevarla adelante emprendió una política que significaba movilizar y unir a la
población. En 1814, ante la falta de fondos para cubrir los gastos, tomó
decisiones que dejaron en claro a los cuyanos cuáles eran las prioridades de su
nuevo gobernador. Debía remitir a Buenos Aires lo recaudado por un “derecho
extraordinario de guerra”, establecido por el gobierno central que gravaba los
productos cuyanos con el supuesto fin, según se establecía en los papeles, de
comprar mulas para el Ejército del Norte. También tenía que mandar a Córdoba,
sede del obispado del que seguía dependiendo Cuyo, el diezmo eclesiástico. San
Martín decidió hacerse de esos fondos para aplicarlos a los gastos de Cuyo.
Estas medidas de emergencia, que le permitieron pagar las cuentas pendientes y
cerrar ese difícil año sin imponer más sacrificios a los cuyanos.
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